Society

¿Un endiosado provocador o un iluminado? Miguel Bosé en La Sexta

Hace unos días colgué en Linkedin una publicación en la que defendía el derecho de Miguel Bosé de articular su postura negacionista sobre el coronavirus. Las RRSS nos ha hecho proclives a publicar lo que queremos y cuando queremos, pero también hemos ido contruyendo un dique de contención para controlar esas opiniones contrarias al consenso general que recibimos y trasladamos y, por eso, el intentar ser parte de esa situación y juez, es un debate estéril, además de un dilema de difícil solución.

Hay mucho que decir sobre la aparición de Miguel Bosé en La Sexta la semana pasada. No tanto sobre lo que dijo (que creo tiene perfecto derecho a decirlo, se esté o no de acuerdo), sino sobre cómo lo dijo.

La puesta en escena en las entrevistas de Évole siempre son interesantes: suele emplear una fotografía de contrastes con tonos oscuros y luces opacas más propia de una serie o película de HBO que de un programa de entrevistas tradicional, trazando una sutil linea donde confluyen la realidad y lo aparente. Este tratamiento funciona. Le da al espacio un tono de docudrama con una frialdad visual, en donde la tensión se rompe, con frecuencia, con el tono por momentos informal de Évole. En este caso, hay que añadir que a Évole y a Bosé les une una amistad, lo cual también ha podido contribuir a que Bosé haya salido, sin quererlo, más desdibujado. Quizá.

Desde lo alto de un rascacielos en Ciudad de México — una de las ciudades que más muertos e infectados ha cosechado — Bosé parecía aislado del resto del mundo. Desde ahí parecía dedicarle, a ese mundo desolado por la pandemia, una fulminante mirada de desafío mientras se abría en canal, hablando de su familia y defendiendo, de manera furibunda — y quizá gratuita — su postura sobre el Coronavirus.

Más allá de lo que uno pueda pensar de lo que dijo Bosé, el programa sitúa al personaje en un estado negacionista enfocado desde una perspectiva bastante maniquea. En los planos que servían para el emplazamiento publicitario (y, por consiguiente, la imagen con la que uno se quedaba después de escucharle hablar) se mostraba a Bosé sentado en un sofá, de perfil, delante de un gran ventanal, solo, sin nadie delante pero adivinándose una extraña sonrisa y como hablando consigo mismo. Ajeno a todo y a todos.

No se trataba tanto de entender sus motivos para mostrar su negacionismo o de convencerle siquiera de que debía tomar una postura más respetuosa, sino de convertir su actitud rebelde contra el mundo en una parodia, una imagen desbordada de sí mismo. Ahí Évole, naturalmente, al apretar y al insistir tanto para que el otro explotara, no le trataba tanto como un amigo sino como lo que era en el momento en que se había encendido la cámara: en un personaje. O en dos. Pero en definitiva, una nota discordante que, por sus formas extravagantes, iba a generar audiencia y no iba a dejar a nadie indiferente.

Porque hay mucho de sensacionalisno y de intencionalidad mediática cuando la entrevista se divide en dos bloques (el primero, ”Miguel; el segunfo ”Bosé”). El primero, más intimista (aunque no por ello, menos polémico ); y el segundo, sobre su opinión sobre la pandemia. Durante especialmente el segundo bloque (llamado ”Bosé” como si se hubieran grabado a fuego dos denominaciones de origen del personaje), Miguel Bosé farfullaba, ponía caras, se indignaba y hablaba con esa voz que no sabías si la forzaba él o si tenía, efectivamente, un trasfondo psicológico derivado de su tempestuosa vida personal/sentimental. Viéndole, escuchándole y oyéndole, es difícil saber si está sobreactuando para efecto dramático, si es por deformación profesional o si, realmente, Bosé tiene una enfermedad. Enfermedad que nadie revela cuál es.

La figura de Miguel Bosé transmite mucha curiosidad y fascinación. Es un hombre clave en la cultura pop del país. Todo el mundo sabe quién es (mayores y jóvenes), y carga a sus espaldas una historia vital llena de excesos y ambigüedades, de muchas juergas (muchas drogas y mucho sexo, según él). Es un personaje excesivo, pero hasta el momento de la entrevista, se había cuidado de mantener su alocada y rumoreada vida con un tupido velo.

Miguel Bosé ha encarnado y ha enfocado su vocación de cantante en el escenario y de persona pública con esa mezcla de romántico conquistador que hizo famoso a su padre en el ruedo y con esa visión progresista, moderna y algo de ”extranjis” que traería una mujer joven italiana a la España franquista de los años 50. Sin embargo, si hay algo en lo que caracterizaba a sus padres — y de lo cual se ha podido desprender de las apariciones de ambos en multitud de ocasiones — es su alma libre en un contexto social histórico en donde la épica más castiza y los soplos de aire fresco formaban una extraña pero irresistible simbiosis en aquellos tiempos.

Imagen de Cadena Dial

Miguel Bosé es la criatura emergente de ese fenómeno, de épica que roza lo estrafalario y de un sentir liberal de vivir la vida que rompe incluso los cánones de la modernidad más progre. Todos hemos visto las formas extravagantes de Bosé a la hora de expresar sus ideas. Pero para esta entrevista, se sabía que esto iba a dar juego, puesto que se conocía de antemano cuál era su posició con respecto al virus. De modo que hacer un especial sobre Miguel Bosé y con Miguel Bosé, dibujándole como un hombre aislado en su delirio con la pandemia como pretexto dice poco de la ética periodística.

Ver a Miguel Bosé en la entrevista es una experiencia compleja. Combina momentos de aparente lucidez (quizá con grandiclocuencia de un megalómano y que en todo momento es consciente de lo que dice), con una teatralidad que hace poner en tela de juicio lo que estás viendo. No se sabe dónde acaba la realidad y dónde empieza la fastuosidad televisiva, la parte de mito. (De la misma forma que no se sabe si Bosé tiene una enfermedad que afecta a su voz o si es todo psicológico). Él declara que el problema que tiene con su voz es por sufrimiento personal, pero eso es algo que puede estar añadiendo más mito al mito.

Posiblemente, Jordi Évole sólo haya puesto a Bosé ante el espejo y eso explica que, unos días después, el artista haya cargado contra el que le ha llamado ”amigo’‘. Es comprensible el malestar del artista; aunque también por existir ese ”efecto reflejo”, cabría también suponer que hiciese un ejercicio de auto-crítica. Más allá del efecto de sus palabras sobre el Covid (que habrá quien le moleste y a quien no le importe o esté de acuerdo), su tono casual o anecdótico sobre su consumo de drogas (”he llegado a consumir 2 gramos al día”) es desafortunado, y sirve de preámbulo al circo dialéctico que vendría a continuación. Bosé no es nuevo en estos lares y debió saber que sus palabras sobre él mismo y sobre la pandemia levantarían polvareda.

Pero, ¿por qué interesa una entrevista a Miguel Bosé? ¿Interesa más el espectáculo (metiendo en el cóctel su postura negacionista y su pasado lleno de excesos) o realmente se ha querido escuchar lo que una figura prominente tiene que decir sobre el Covid, comprendiendo de dónde viene? Es más fácil inclinarse a pensar lo primero. Ahora el periodismo es espectáculo. Se intenta conciliar esto con rigor informativo, pero prima, sobre todo, la audiencia. La Sexta ganó datos excelentes de audiencia con esta entrevista, pero quizá hubiese más afán destructivo hacia un artista en que se encuentra en medio de un gran declive personal. El negacionismo encontró una voz hueca en la persona de Bosé. Y Bosé puede haber perdido un amigo, pero Évole ha conseguido a su último (de momento) Caballo de Troya.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s